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miércoles, 18 de noviembre de 2009

LA VIDA SE GASTA





Nos acostumbramos a vivir en departamentos y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor.
Y porque no tiene vista, luego nos acostumbramos a no mirar para afuera.
Y porque no miramos para afuera, luego nos acostumbramos a no abrir del todo las cortinas.
Y porque no abrimos del todo las cortinas luego nos acostumbramos a encender mas temprano la luz.
Y a medida que nos acostumbramos, olvidamos el sol, olvidamos el aire, olvidamos la amplitud.

Nos acostumbramos a despertar sobresaltados porque se nos hizo tarde.

A tomar café corriendo porque estamos atrasados.

A leer el diario en el ómnibus porque no podemos perder tiempo.

A comer un sandwich porque no da tiempo para almorzar.

A salir del trabajo porque ya es la noche.

A dormir en el ómnibus porque estamos cansados.

A cenar rápido y dormir pesados sin haber vivido el día.
Nos acostumbramos a esperar el día entero y oír en el teléfono: 'hoy no puedo ir'.

'A ver cuando nos vemos' 'La semana que viene nos juntamos'.

A sonreír a las personas sin recibir una sonrisa de vuelta.

A ser ignorados cuando precisábamos tanto ser vistos.

Si el cine esta lleno nos sentamos en la primera fila y torcemos un poco el cuello.

Si el trabajo esta complicado, nos consolamos pensando en el fin de semana.

Y si el fin de semana no hay mucho que hacer, o andamos cortos de dinero, nos vamos a dormir temprano y

listo, porque siempre tenemos sueño atrasado.
Nos acostumbramos a ahorrar vida.

Que, de a poco, igual se gasta y que una vez gastada, por estar acostumbrados, nos perdimos de vivir.

"ALGUIEN DIJO, 'LA MUERTE ESTA TAN SEGURA DE SU
VICTORIA, QUE NOS DA TODA UNA VIDA DE VENTAJA'"


Disfrutemos...

martes, 17 de noviembre de 2009

ALGO LLAMADO OPTIMISMO





¿Cuál es la propuesta de Seligman para inyectar positividad a la vida de las personas? Principalmente, aprender a identificar las reacciones que tiene uno ante los eventos desafortunados (cómo los intepreta, qué lo hacen pensar acerca de sí mismo, a qué tipo de acciones lo llevan) y luego entrenarse para disputarlas, generando explicaciones alternativas (externas,
específicas y temporarias). O sea, reemplazar el clásico: "Fallé en el examen porque soy un idiota", por "Me fue mal porque no estudié lo suficiente sobre el punto C", y prepararse para remediar la falla en la próxima oportunidad.

Seligman se defiende de las críticas por la simpleza de la propuesta citando estudios de laboratorio (con perros y ratones) que demostrarían que la impotencia se aprende, y argumentando que "todo lo que se aprende se puede desaprender".

Como contrapartida, el psicólogo admite que los pesimistas suelen tener una visión más precisa de sus habilidades que sus pares más positivos. "Si, en un examen, un pesimista contesta 20 preguntas de 40 correctamente y luego uno le pregunta: '¿Cómo te fue?', la respuesta es: "20 correctas, 20 incorrectas'. Si se le formula esa pregunta a un optimista, la respuesta es: 'Acerté 30, fallé en 10'." La tendencia se mantendría aunque se le ofrezca al optimista un incentivo económico por responder con precisión (en experiencias científicas). "Los optimistas tienen una serie de ilusiones autocomplacientes que les permite mantener el buen ánimo y la buena salud, en un universo básicamente indiferente a su bienestar", explica Seligman, revelándose como un pesimista converso. Esa mirada complaciente del optimista impregna también su forma de percibir al otro y al mundo, achicando amenazas y fabricando recursos.

La pregunta se impone: ¿es ético proponer a la gente adoptar ilusiones, aun si así conquistan la felicidad?

La psicoanalista Graciela Suárez, quien se dedica a ayudar a pacientes oncológicos, dice que no. "La función de un analista es ayudar a la persona a poder mirar sus logros y sus obstáculos, sin autoengaño. La verdad es que no se aprende de los logros, sino de los obstáculos, que son lo único que permite reveer, aprender y cambiar."

La profesional también señala que "no habría que convertir al optimismo en un bien de consumo, en una exigencia más como la delgadez o la belleza." Advierte también que, entre los pacientes que enfrentan el final de sus vidas, el optimismo puede ser una máscara, una defensa contra lo inconcebible que resulta la propia muerte. Pero concede que, con ayuda terapéutica, la mayoría de las personas logra vislumbrar alguna forma de trascendencia, sea a través de los hijos, la obra u otras herencias. Recuerda el caso de una joven paciente que, en los últimos meses de su enfermedad, montó una tabla de madera sobre su cama ortopédica para poder enseñarle a sus hijas a amasar pan. "Se puede lograr una mirada positiva y reparadora aún en las situaciones más dolorosas, pero esta mirada es individual y subjetiva. No creo que se pueda enseñar", subraya.


"SOY, LUEGO CAMBIO"




"Aunque supiera que el mundo se caería a pedazos mañana, igual plantaría mi manzano", se pronunció Martin Luther King Jr., años antes de morir asesinado.

LA VIDA EN COLORES...


Dicen los científicos que el optimismo es el camino más corto hacia la felicidad.


¿Se puede aprender a mirar la vida con lentes más venturosos? ¿O habrá que resignarse a la cuota positiva con la que se vino al mundo?

Debe ser un espectáculo. Sin duda, quienes se crucen en la autopista con Zulema Bettiga (60), cualquier mañana del año, deben quedar extasiados de verla bambolear sus rulos al ritmo de Bombón asesino, sacudiendo su Peugeot 206 como si fuera una discoteca ambulante y ése, el mejor día de su vida. Acaso alguno piense que acaba de enamorarse, o que va camino a firmar
la compra de un auto nuevo, o que algo muy maravilloso le ha pasado en los últimos días y sigue con ganas de festejar. Pero no. Zulema va camino a la oficina, cruzando la misma tórrida ciudad que sus compañeros de ruta y arrastrando una historia que cualquier menos ella calificaría de demoledora.

¿Qué tiene Zulema que no tengan los demás? ¿Cuál es el secreto de su felicidad vibrante y cotidiana? Ella dice simplemente que ama la vida, que la ama sin tapujos ni ambivalencia, en todas las estaciones y en cualquiera de sus manifestaciones. Los científicos, específicamente una nueva rama de la psicología que se dedica a estudiar las emociones positivas (ver La felicidad...), dirían otra cosa. Zulema es poseedora de varias cualidades que esta disciplina ha señalado como ingredientes indispensables para la felicidad –gratitud, humor y generosidad – pero, sobre todo, es dueña de una cualidad anímica que está en el centro de la mira de estos estudiosos: el optimismo.

El diccionario define optimismo como "la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable", o, en su aspecto teórico, como "la doctrina filosófica que atribuye al universo la mayor perfección posible". El filósofo alemán G. W. von Leibniz (1646-1716) fue el primero en formular los principios de esta particular visión de la vida, al proponer que: "Si fuésemos capaces de entender lo suficiente el orden del universo, encontraríamos que supera todos los deseos de los más sabios entre nosotros..."

Su doctrina fue criticada y hasta burlada por sus pares, pero recogida por numerosos pensadores posteriores. Hoy, quienes exploran el optimismo buscan responder a dos inquietudes: 1. ¿Es el optimismo la actitud más conducente a la felicidad? 2. ¿Es una cualidad innata o se puede aprender?

La respuesta que dan los investigadores a la primera pregunta es afirmativa: los optimistas son más felices por percibir el mundo con ojos más halagüeños. Como extensión de esa mayor felicidad, los estudiosos reportan un correlato positivo con la salud (menores enfermedades infecciosas, mejor pronóstico para los enfermos de sida, menor porcentaje de recurrencias en enfermos cardíacos, entre otros). Las últimas fronteras de investigación apuntan a la incidencia del optimismo en el éxito escolar, laboral, deportivo y hasta político (se relacionaron los discursos de campaña de diversos políticos y su posterior suerte en la elección; en todos los casos, los manifiestamente optimistas tuvieron mejores resultados).

¿SE HACE O SE NACE?

La respuesta a la segunda pregunta nos sumerge en terreno pantanoso. El fundador de la psicología positiva, Martin Seligman (ex presidente de la Asociación Psicológica de Estados Unidos y autor de La auténtica felicidad), asegura que hasta los más cínicos son capaces de "aprender optimismo" y mejorar sus vidas. Tomando prestada de Aristóteles la idea de que una vida virtuosa es una vida feliz, Seligman elaboró una lista de 24 fortalezas del espíritu –de las que el optimismo es una importante–, cuyo ejercicio combatiría toda tendencia al desánimo o la depresión. Y diseñó estrategias para desarrollarlas.

Ante nada, distingue al optimista del pesimista a través de lo que llama "estilos explicativos", o de qué forma cada uno se explica los sucesos que le acontecen. Según esta teoría, el optimista reacciona a los golpes de la vida desde una presunción de poder personal, e interpreta los hechos negativos como reveses: 1. temporarios, 2. específicos y 3. reversibles con habilidad y esfuerzo. El pesimista, en cambio, se siente impotente ante la adversidad, y piensa que los problemas: 1. se perpetuarán en el tiempo, 2. contaminarán el resto de su vida, 3. son culpa suya. Del mismo modo se contraponen en la interpretación de los hechos positivos: el optimista se siente responsable de las buenas cosas que le pasan y mentalmente extiende los hechos afortunados hacia el futuro y a todas las áreas de su vida. El pesimista, nada que se le parezca.

De estas miradas divergentes derivan actitudes opuestas. Al sentirse en control de su destino, el optimista afrontará una enfermedad, un fracaso amoroso y hasta la pérdida de un ser querido como un desafío; el pesimista tenderá a deprimirse
y abandonar la lucha.

Pero volvamos a Zulema. En el 2000, la dama de la melena danzante perdió a su marido –amor de su vida, socio y compañero de aventuras –, mientras ambos hacían frente a la quiebra de la empresa familiar. Mientras él agonizaba de cáncer, tomaron conciencia de que no había forma de salvar el emporio de rulemanes que juntos habían construído. Ella hipotecó su piso en
Belgrano para poder pagarle a todos sus proveedores. Se quedó sin casa, negocio y marido, todo junto. Y con dos hijos adolescentes que cuidar.

Zulema hizo su duelo sin quedarse quieta. "No tuve tiempo de deprimirme", dice hoy, "tenía que sacarnos adelante". Pero todos sabemos que la depresión y el desánimo no piden permiso. Muchos se hubieran encerrado a llorar por tiempo indefinido por cualquiera de esas circunstancias por sí sola.

Zulema no dejó de extrañar a su marido, pero hoy mira su foto y le dice: "Vamos a volver a estar juntos, mi amor, pero dentro de muchos, muchos años. Me quedan demasiadas cosas por vivir."

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